Llama la atención la aparente
sensibilidad democrática de la que hacen gala amplios sectores de la sociedad
española con los sucesos que ocurren en Venezuela. A tenor de la proliferación
de noticias en los medios sobre ese país y de las manifestaciones de indignación
contra el gobierno de Maduro, tal parece que los españoles nos hemos erigido en
paladines universales de los derechos humanos y de las libertades. Pero basta
una mirada a nuestra propia realidad, aunque sea somera, para percatarse de la
falsedad de tal apreciación. Si fuese así, si realmente llevásemos en nuestro
ADN la defensa de los valores democráticos, comenzaríamos condenando las gravísimas agresiones a los derechos
humanos que se perpetraron en este país en el pasado próximo, eliminando los vestigios que aún perduran y ensalzan ese pasado. Ya habríamos quitado de nuestro
solar el vergonzoso monumento del Valle de los Caídos, erigido para perpetuar
la memoria de uno de los mayores verdugos de nuestra historia; un reconocido
genocida no estaría enterrado con todos los honores en una basílica sevillana;
no habría más de cien mil víctimas de la guerra civil, que dieron su vida por
defender las libertades y la democracia, enterrados en las cunetas como si
fueran alimañas, y no tendríamos en el poder a uno de los Gobiernos más
corruptos del mundo.
Gijón,
14-9-2017
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