Se muestra un asiduo lector de
este periódico, en su carta al director ‘Huellas de España en EE UU’, orgulloso
del papel que, aunque breve, tuvo España en la colonización de Estados Unidos
de América. “Muy gratificante para un español es palpar las huellas indelebles
que ha dejado España en Estados Unidos. En aras de la brevedad, me voy a ceñir
a dos ciudades: San Agustín, en el estado de La Florida y Nueva Orleans,
en el estado de Louisiana.” Dice textualmente.
Supongo que este sentimiento se
debe a que desconoce la verdadera historia de la conquista y colonización de ese
vasto territorio, aunque bien es verdad que la participación de España en el
caso que nos ocupa es más bien reducida (a ella le corresponde, como se sabe,
la ocupación de la parte sur).
Y es que no es para sentirse
orgulloso, sino más bien avergonzado y con sentimiento de culpa, ya que estamos
ante uno de los mayores genocidios perpetrados por el hombre. En este caso por
la ‘civilizada’ y cristiana Europa. De tal manera que, en nombre de la
libertad, la vida y la propiedad capitalista, los indígenas fueron expoliados,
perseguidos y eliminados.
Todo ello se presenta como hecho
por su propio bien, en su beneficio, pues civilizar salvajes, elevarlos hasta
nuestras formas de vida es lo que ‘en el fondo’ mueve a este imperialismo.
Pero lo que se esconde detrás de
esta falacia justificadora es que el fenómeno de expansión hacia el Oeste, la
conquista y la colonización constituyeron los fundamentos del desarrollo
americano. De hecho, el progreso social y el dinamismo de la vida americana
estuvieron determinados por las nuevas oportunidades que ofrecía la conquista
del Oeste, por las luchas constantes contra ‘sociedades primitivas’. Estos son,
al decir de los historiadores, los elementos que forjaron el carácter de los
estadounidenses.
O sea, como para tirar cohetes.
Gijón, 25-6-2009
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