jueves, 21 de agosto de 2014

La crisis del Imperio Carolingio


Carlomagno, quizá el más conocido monarca de la Edad Media, cometió el error que era habitual en todo este periodo: no previó convenientemente su sucesión. Llama la atención la contradicción en que cayeron la mayoría de los reyes bárbaros, que pasaban la vida guerreando para ampliar sus dominios y repartían, a su muerte, el territorio entre sus hijos, con lo que se volvía a empezar. A este motivo disgregador se unían otros no menores: la diversidad de grupos étnicos que todavía configuraban Europa y las tradiciones tribales que aún se mantenían y que se oponían al afán unitario de los que querían recomponer el antiguo Imperio romano. Entre estos últimos se encontraba la Iglesia de Roma que veía en ello el mejor camino para imponer su fe en el mundo. Si en unos periodos se consigue, como en época de Carlomagno, en otros se fracasa, como en los años que vienen a continuación.
Efectivamente, a la muerte del emperador le sucede su hijo Luís el Piadoso que carece de su habilidad para mantener unido el basto Imperio Carolingio. Pero, comete además el error de repartir éste entre sus cuatro hijos: Lotario (que hereda el título de emperador), Pipino, Luís el Germánico y Carlos el Calvo. Tras un enfrentamiento que duró más de 10 años, los hermanos llegan a un acuerdo para el reparto que formalizan con el Tratado de Verdún. La muerte de Lotario (Pipino ya había fallecido) conduce a la firma de otro Tratado, el de Meersen (870), por el que se divide el Imperio en dos mitades que habrán de configurar lo que en el futuro serán Francia y Alemania. La muerte sin sucesión de Carlos III el Gordo, hijo de Luís, lleva a este último territorio a una división permanente  que se mantendrá hasta el siglo XIX.

                                        Curso: 1º de filosofía de grado

                                         Uned. Gijón  

No hay comentarios:

Publicar un comentario