Carlomagno, quizá el más
conocido monarca de la Edad
Media , cometió el error que era habitual en todo este
periodo: no previó convenientemente su sucesión. Llama la atención la
contradicción en que cayeron la mayoría de los reyes bárbaros, que pasaban la
vida guerreando para ampliar sus dominios y repartían, a su muerte, el
territorio entre sus hijos, con lo que se volvía a empezar. A este motivo
disgregador se unían otros no menores: la diversidad de grupos étnicos que todavía
configuraban Europa y las tradiciones tribales que aún se mantenían y que se
oponían al afán unitario de los que querían recomponer el antiguo Imperio
romano. Entre estos últimos se encontraba la Iglesia de Roma que veía en ello el mejor camino
para imponer su fe en el mundo. Si en unos periodos se consigue, como en época
de Carlomagno, en otros se fracasa, como en los años que vienen a continuación.
Efectivamente, a la muerte del
emperador le sucede su hijo Luís el Piadoso que carece de su habilidad para mantener
unido el basto Imperio Carolingio. Pero, comete además el error de repartir
éste entre sus cuatro hijos: Lotario (que hereda el título de emperador),
Pipino, Luís el Germánico y Carlos el Calvo. Tras un enfrentamiento que duró
más de 10 años, los hermanos llegan a un acuerdo para el reparto que formalizan
con el Tratado de Verdún. La muerte de Lotario (Pipino ya había fallecido)
conduce a la firma de otro Tratado, el de Meersen (870), por el que se divide
el Imperio en dos mitades que habrán de configurar lo que en el futuro serán
Francia y Alemania. La muerte sin sucesión de Carlos III el Gordo, hijo de
Luís, lleva a este último territorio a una división permanente que se mantendrá hasta el siglo XIX.
Curso:
1º de filosofía de grado
Uned.
Gijón
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