La insólita ofensiva (insólita en una democracia que se creía
consolidada) desencadenada por la
Iglesia católica, parapetada, esta vez, detrás de lo que
llaman ‘familia cristiana’ y el retrógrado PP de Aznar-Rajoy contra la
asignatura ‘Educación para la ciudadanía’, próxima a ser impartida en los
Institutos, puede interpretarse como una señal inequívoca del peligro real que
se cierne sobre España: la vuelta a nuestro secular, cavernícola y fanático
pasado.
El camino emprendido por Polonia de la mano de los gemelos Kaczynski
en busca de sus raíces ultracatólicas debería inquietar a los españoles porque
compartimos una común historia de reaccionarismo religioso.
El argumento más esgrimido por los fundamentalistas contra la
asignatura es el punto tres del artículo 27 de nuestra Constitución que dice:
“Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que
sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus
propias convicciones”. No sé si por ignorancia o mala fe suprimen la lectura
del punto dos del mismo artículo: “La educación tendrá por objeto el pleno
desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios
democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales”.
Es decir, los padres que lo deseen pueden dar una educación religiosa
a sus hijos, pero corresponde al Estado proporcionar una formación laica,
democrática y cívica a todos los jóvenes, porque es sobre estos supuestos sobre
los que se asienta la convivencia democrática.
Ambas éticas, religiosa y laica, no deben contraponerse. Aquél que vea
incompatibilidades no interpreta correctamente la Constitución. Quizá
debería matricularse en la asignatura “Educación para la ciudadanía”.
Gijón, 10-7-2007
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