lunes, 4 de agosto de 2014

A vueltas con la educación pública


Un problema serio que tenemos planteado los españoles es saber qué valores morales deben transmitirse a los jóvenes y quién debe transmitirlos. ¿Es el Estado, son las confesiones religiosas o las identidades nacionales? Para que un Estado esté legitimado como democrático es necesario que los valores de sus habitantes den sentido a los textos constitucionales y a las leyes del ordenamiento jurídico. Sobre estos valores se fundamenta la comunidad política y deben ser transmitidos como un legado a las generaciones futuras.
En España esto no ocurre, debido en parte a que no participó en el triunfo de la democracia liberal tras la II Guerra Mundial, quedando, por tanto, fuera del contexto en el que se produjo la elaboración de las constituciones democráticas. Posteriormente, en el proceso de la Transición la necesidad de no cometer los errores del pasado obligó a ocultar los crímenes e injusticias del régimen franquista y a optar por un Estado aconfesional, sin atrevernos a dar el paso a un Estado laico, a consecuencia de lo cual se articuló un sistema educativo donde el Estado juega un papel subsidiario, es decir, que llega allí donde falla la iniciativa privada.
Otra cuestión no menor es la complejidad de la sociedad española que tiene en su seno distintas identidades nacionales, lo que hace necesario crear vínculos que, superando la diversidad, aseguren la pervivencia de la comunidad.
Pues bien, la superación de ambos retos pasa por un republicanismo laico que dé un papel beligerante al Estado a la hora de articular a la Nación a través de un sistema educativo público. En todo caso, un Estado capaz de legislar con independencia de las confesiones religiosas, y dispuesto a implicarse activamente en el proceso educativo no podrá hacer esta tarea de integrar a la ciudadanía si no puede garantizar los derechos económico-sociales que son la gran conquista del siglo XX.



                                                            Gijón, 3-7-2013  

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