Con la llegada de la modernidad
el modelo de la ética de la virtud de inspiración aristotélica, es sustituido
por el modelo deontológico de inspiración kantiana. Sin embargo, en los últimos
tiempos se ha producido un retorno a la filosofía moral clásica de la mano de
autores como MacIntyre, Martha Nussbaum, Aranguren o Victoria Kamps. Las
razones para este cambio las sitúan en las deficiencias que encuentran en la
ética kantiana a la hora de orientar al hombre en su praxis cotidiana. Efectivamente,
los mandatos kantianos, basados en principios universalistas y formulados por
personas o grupos abstractos en virtud de su autonomía, sitúan a los individuos
fuera del contexto o circunstancias en las que viven, con el consiguiente
efecto de ser poco prácticos en la resolución de los problemas. De los dos
modelos de la ética, la teleológica y la deontológica, derivan dos conceptos
diferentes de la virtud.
Aristóteles o el modelo clásico de la virtud.
Aristóteles parte de una
investigación empírica del hombre (de una fenomenología del mundo la vida
moral) para elaborar su teoría ética. Y encuentra, a partir de un concepto muy
extendido en la cultura griega -el de la teleología, según el cual todas las
cosas tienden a un fin-, que el ser humano tiene como fin último alcanzar la
felicidad (eudeumonía). Como no hay
unanimidad en lo que se entiende por tal, Aristóteles dictamina que la
felicidad auténtica consiste en llevar una vida virtuosa, por cuanto es la que
más se ajusta a la función específica del hombre: vivir de acuerdo con la
razón. Consecuentemente, define su concepto de la virtud como: “un modo de ser
selectivo, siendo un término medio relativo a nosotros, determinado por la
razón y por lo que decidiría el hombre prudente”.
Kant o el modelo ilustrado-moderno de la virtud
Kant aporta una nueva mirada al
hecho de la moral. Y esta mirada descubre que el fundamento de la ética es la
libertad. Todos los conceptos morales que utiliza (la buena voluntad, la ley,
el deber, etc.) tienen por objetivo apuntalar la idea de que el hombre es libre
y responsable de sus acciones y, en esa misma medida, está sustraído a las
leyes de la causalidad que dominan el mundo físico. El hombre se encuentra en
un lugar intermedio: por un lado es naturaleza, sometido por tanto a sus leyes
(Kant lo llama inclinaciones) y por otro es un ser libre capaz de elegir su
comportamiento (de ahí la autonomía como
uno de los principios básicos de la moral kantiana). Ese comportamiento ético
está dictado por el imperativo categórico que se formula así: “obra solo según
la máxima a través de la cual puedas querer
que la misma se convierta en una ley universal”.
Al contrario de la ética
aristotélica, la kantiana no prescribe un contenido específico, sino que su
mandamiento consiste en que comprobemos que el contenido que pueda tener tenga
el rango de ley universal, es decir, que tenga forma de universalidad, de ahí
que se llame ética formal. Desde esta nueva perspectiva de la ética, Kant
define la virtud de la siguiente manera: “la virtud es la fortaleza moral de la
voluntad de un hombre en el cumplimiento de su deber, que es una coerción moral
de su propia razón legisladora, en la medida en que ésta se constituye a sí
misma como poder ejecutivo de la ley”.
MacIntyre contra la Ilustración
Muy conocido por su obra ‘Tras
la virtud’, MacIntyre aborda el problema de la crisis moral moderna que se
manifiesta por la incapacidad que tenemos los humanos para ponernos de acuerdo
sobre los principios que deben regular la convivencia. Establece la genealogía
explicativa de la crisis y apunta las alternativas para su solución, mediante
una investigación en torno a la virtud tal como fue entendida históricamente.
La crisis se planteó como
consecuencia del intento de la Ilustración de explicar racionalmente la moral.
No hay capacidad de acuerdo. Nos encontramos en una jaula de grillos o diálogo
de sordos. Los argumentos se convierten en una cuestión de mero gusto, de aprobación
y desaprobación personal. Cree que vivimos en una época emotivista en la que los
argumentos son sustituidos por emociones o sentimientos ajenos a todo
razonamiento práctico. La explicación que da MacIntyre para esta situación es
el error que cometió la Ilustración en la interpretación de la naturaleza
humana al abandonar la idea clásica de la moral que tenían los clásicos: su
fundamentación en el concepto funcional o teleológico del ser humano.
Según este concepto, la ética
antigua opera en base a una estructura compuesta de tres elementos:
“el-hombre-tal-como-es”, “el-hombre-tal-como-debería-ser-si-realizara-su-naturaleza-esencial”
y la ética en tanto que teoría de las virtudes que hacen posible el paso de la
primera concepción de la naturaleza, del “es” humano a la naturaleza esencial o
telos que preside su vida. La ética
trabaja con dos ideas de la naturaleza humana: el hombre tal como es, el humano
en tanto que conjunto de capacidades racionales y pasionales, pura
potencialidad, y el hombre tal como debería ser si realizara su naturaleza
esencial, pero esta vez como ser moral que realiza el bien a través de las
virtudes. Es a partir de estos conceptos como nos pondremos de acuerdo sobre lo
que es bueno y malo.
MacIntyre modifica el concepto
que tenía Aristóteles de la teleología humana. Ésta ya no se basa en la
biología metafísica del hombre, sino que lo que determina el fin del ser humano
es la tradición; es la historia de las diversas comunidades, la cultura que se
ha ido configurando, la que marca la naturaleza sustancial del hombre. Esto da
lugar a un relativismo comunitarista que MacIntyre soluciona considerando que
la universalidad no debe ser entendida como un presupuesto del que se parte,
sino como un punto de llegada. El camino a seguir, pues, es la confrontación y
competición de tradiciones para dilucidar cuál de ellas explica mejor los
problemas morales.
Martha Nussbaum o el carácter transcultural de la
virtud
Nussbaum elabora una ética de la
virtud de base aristotélica y universalista. Esta filósofa se enfrenta a
posiciones relativistas propias del pensamiento postmoderno como las defendidas
por Foucault o Derrida que han tomado cuerpo alrededor de la antropología
cultural. El enemigo a batir es el relativismo pues, si éste tiene la última
palabra en asuntos morales, es imposible argumentar racionalmente contra las
situaciones de radical injusticia que asolan al mundo.
Para ello parte de la
consideración de que los humanos, por el mero hecho de serlo, somos portadores
de capacidades o funciones que definen nuestra común humanidad, nuestra esencia
como seres humanos. Tales capacidades permiten entablar, a pesar de nuestras
diferencias, un diálogo racional, así como la elaboración de una lista de
virtudes desde la que poder evaluar las acciones que se realizan dentro de
cualquier tradición. Nussbaum cree que, desde Kant, el esencialismo metafísico
(externo) está muerto, pero basa las capacidades esenciales humanas en un
esencialismo interno, un esencialismo histórica y empíricamente fundado, que
busca en él para poder extraer de esas perspectivas plurales aquellos aspectos
que sean comunes a todos y que permitan elaborar una ética universal de la
virtud que hacen nuestra vida humana y digna de ser vivida. Somos seres
finitos, no autosuficientes y, como reverso de la moneda, estamos dotados de
una serie de dones o capacidades que permiten la elección adecuada.
Nussbaum elabora en su obra
varias de listas de esas capacidades o experiencias en las que acontece nuestra
humanidad. Son: la mortalidad, la corporalidad, el placer y el dolor, las
capacidades cognitivas, las emociones, la razón práctica, la comunidad con
otros seres humanos, la relación con otras especies y la naturaleza, el humor y
el juego y la individualidad. Cada una de estas capacidades va acompañada de un
modo virtuoso de ejercerlas. Dos de estas capacidades son centrales: la razón
práctica y la que permite establecer una comunicación con otros seres humanos.
El nombre que da a esta lista de
capacidades universales, ejercidas virtuosamente es: “teoría densa y vaga del
bien”. Califica a su teoría de “densa” para oponerla al calificativo de débil”
que Rawls dio a su teoría de la justicia en alusión al mínimo común compartido
(lo justo) para establecer un consenso de convivencia. El calificativo de
“vaga” alude al carácter flexible de los mínimos universales, de manera que puedan
adaptarse a las diversas interpretaciones.
Examen de Grado en Filosofía
Ética II
Gijón, 9-6-2017


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