miércoles, 5 de julio de 2017

La virtud


Con la llegada de la modernidad el modelo de la ética de la virtud de inspiración aristotélica, es sustituido por el modelo deontológico de inspiración kantiana. Sin embargo, en los últimos tiempos se ha producido un retorno a la filosofía moral clásica de la mano de autores como MacIntyre, Martha Nussbaum, Aranguren o Victoria Kamps. Las razones para este cambio las sitúan en las deficiencias que encuentran en la ética kantiana a la hora de orientar al hombre en su praxis cotidiana. Efectivamente, los mandatos kantianos, basados en principios universalistas y formulados por personas o grupos abstractos en virtud de su autonomía, sitúan a los individuos fuera del contexto o circunstancias en las que viven, con el consiguiente efecto de ser poco prácticos en la resolución de los problemas. De los dos modelos de la ética, la teleológica y la deontológica, derivan dos conceptos diferentes de la virtud.

Aristóteles o el modelo  clásico de la virtud.
Aristóteles parte de una investigación empírica del hombre (de una fenomenología del mundo la vida moral) para elaborar su teoría ética. Y encuentra, a partir de un concepto muy extendido en la cultura griega -el de la teleología, según el cual todas las cosas tienden a un fin-, que el ser humano tiene como fin último alcanzar la felicidad (eudeumonía). Como no hay unanimidad en lo que se entiende por tal, Aristóteles dictamina que la felicidad auténtica consiste en llevar una vida virtuosa, por cuanto es la que más se ajusta a la función específica del hombre: vivir de acuerdo con la razón. Consecuentemente, define su concepto de la virtud como: “un modo de ser selectivo, siendo un término medio relativo a nosotros, determinado por la razón y por lo que decidiría el hombre prudente”.

Kant o el modelo ilustrado-moderno de la virtud
Kant aporta una nueva mirada al hecho de la moral. Y esta mirada descubre que el fundamento de la ética es la libertad. Todos los conceptos morales que utiliza (la buena voluntad, la ley, el deber, etc.) tienen por objetivo apuntalar la idea de que el hombre es libre y responsable de sus acciones y, en esa misma medida, está sustraído a las leyes de la causalidad que dominan el mundo físico. El hombre se encuentra en un lugar intermedio: por un lado es naturaleza, sometido por tanto a sus leyes (Kant lo llama inclinaciones) y por otro es un ser libre capaz de elegir su comportamiento (de ahí  la autonomía como uno de los principios básicos de la moral kantiana). Ese comportamiento ético está dictado por el imperativo categórico que se formula así: “obra solo según la máxima a través de la cual puedas querer  que la misma se convierta en una ley universal”.
Al contrario de la ética aristotélica, la kantiana no prescribe un contenido específico, sino que su mandamiento consiste en que comprobemos que el contenido que pueda tener tenga el rango de ley universal, es decir, que tenga forma de universalidad, de ahí que se llame ética formal. Desde esta nueva perspectiva de la ética, Kant define la virtud de la siguiente manera: “la virtud es la fortaleza moral de la voluntad de un hombre en el cumplimiento de su deber, que es una coerción moral de su propia razón legisladora, en la medida en que ésta se constituye a sí misma como poder ejecutivo de la ley”.

MacIntyre contra la Ilustración
Muy conocido por su obra ‘Tras la virtud’, MacIntyre aborda el problema de la crisis moral moderna que se manifiesta por la incapacidad que tenemos los humanos para ponernos de acuerdo sobre los principios que deben regular la convivencia. Establece la genealogía explicativa de la crisis y apunta las alternativas para su solución, mediante una investigación en torno a la virtud tal como fue entendida históricamente.
La crisis se planteó como consecuencia del intento de la Ilustración de explicar racionalmente la moral. No hay capacidad de acuerdo. Nos encontramos en una jaula de grillos o diálogo de sordos. Los argumentos se convierten en una cuestión de mero gusto, de aprobación y desaprobación personal. Cree que vivimos en una época emotivista en la que los argumentos son sustituidos por emociones o sentimientos ajenos a todo razonamiento práctico. La explicación que da MacIntyre para esta situación es el error que cometió la Ilustración en la interpretación de la naturaleza humana al abandonar la idea clásica de la moral que tenían los clásicos: su fundamentación en el concepto funcional o teleológico del ser humano.
Según este concepto, la ética antigua opera en base a una estructura compuesta de tres elementos: “el-hombre-tal-como-es”, “el-hombre-tal-como-debería-ser-si-realizara-su-naturaleza-esencial” y la ética en tanto que teoría de las virtudes que hacen posible el paso de la primera concepción de la naturaleza, del “es” humano a la naturaleza esencial o telos que preside su vida. La ética trabaja con dos ideas de la naturaleza humana: el hombre tal como es, el humano en tanto que conjunto de capacidades racionales y pasionales, pura potencialidad, y el hombre tal como debería ser si realizara su naturaleza esencial, pero esta vez como ser moral que realiza el bien a través de las virtudes. Es a partir de estos conceptos como nos pondremos de acuerdo sobre lo que es bueno y malo.
MacIntyre modifica el concepto que tenía Aristóteles de la teleología humana. Ésta ya no se basa en la biología metafísica del hombre, sino que lo que determina el fin del ser humano es la tradición; es la historia de las diversas comunidades, la cultura que se ha ido configurando, la que marca la naturaleza sustancial del hombre. Esto da lugar a un relativismo comunitarista que MacIntyre soluciona considerando que la universalidad no debe ser entendida como un presupuesto del que se parte, sino como un punto de llegada. El camino a seguir, pues, es la confrontación y competición de tradiciones para dilucidar cuál de ellas explica mejor los problemas morales.

Martha Nussbaum o el carácter transcultural de la virtud
Nussbaum elabora una ética de la virtud de base aristotélica y universalista. Esta filósofa se enfrenta a posiciones relativistas propias del pensamiento postmoderno como las defendidas por Foucault o Derrida que han tomado cuerpo alrededor de la antropología cultural. El enemigo a batir es el relativismo pues, si éste tiene la última palabra en asuntos morales, es imposible argumentar racionalmente contra las situaciones de radical injusticia que asolan al mundo.
Para ello parte de la consideración de que los humanos, por el mero hecho de serlo, somos portadores de capacidades o funciones que definen nuestra común humanidad, nuestra esencia como seres humanos. Tales capacidades permiten entablar, a pesar de nuestras diferencias, un diálogo racional, así como la elaboración de una lista de virtudes desde la que poder evaluar las acciones que se realizan dentro de cualquier tradición. Nussbaum cree que, desde Kant, el esencialismo metafísico (externo) está muerto, pero basa las capacidades esenciales humanas en un esencialismo interno, un esencialismo histórica y empíricamente fundado, que busca en él para poder extraer de esas perspectivas plurales aquellos aspectos que sean comunes a todos y que permitan elaborar una ética universal de la virtud que hacen nuestra vida humana y digna de ser vivida. Somos seres finitos, no autosuficientes y, como reverso de la moneda, estamos dotados de una serie de dones o capacidades que permiten la elección adecuada.
Nussbaum elabora en su obra varias de listas de esas capacidades o experiencias en las que acontece nuestra humanidad. Son: la mortalidad, la corporalidad, el placer y el dolor, las capacidades cognitivas, las emociones, la razón práctica, la comunidad con otros seres humanos, la relación con otras especies y la naturaleza, el humor y el juego y la individualidad. Cada una de estas capacidades va acompañada de un modo virtuoso de ejercerlas. Dos de estas capacidades son centrales: la razón práctica y la que permite establecer una comunicación con otros seres humanos.
El nombre que da a esta lista de capacidades universales, ejercidas virtuosamente es: “teoría densa y vaga del bien”. Califica a su teoría de “densa” para oponerla al calificativo de débil” que Rawls dio a su teoría de la justicia en alusión al mínimo común compartido (lo justo) para establecer un consenso de convivencia. El calificativo de “vaga” alude al carácter flexible de los mínimos universales, de manera que puedan adaptarse a las diversas interpretaciones.

Examen de Grado en Filosofía
Ética II
Gijón, 9-6-2017


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